domingo, 12 de julio de 2026

El oficio invisible

    EL OFICIO INVISIBLE

¿Qué sostiene a un maestro después de cuarenta años en el aula? No los métodos, ni las leyes educativas, ni las plataformas digitales. Lo que me ha sostenido durante todo este tiempo es algo mucho más difícil de medir: la manera de mirar a cada alumno, la paciencia para esperar su momento, la memoria que guarda su historia, la esperanza que sigue creyendo cuando los resultados no llegan.

El oficio invisible es el librillo (35 páginas) que he escrito al término de cuarenta y siete años de magisterio en los Escolapios. No es un manual de pedagogía ni un libro de recetas educativas. Es una reflexión honesta y cercana sobre las realidades que nadie ve pero que lo sostienen todo: la mirada que reconoce a cada persona, el juicio que intenta ser justo, la memoria que resiste el olvido, el tiempo que no se puede apresurar, la espera que también educa y la esperanza que no abandona.

Lo he escrito para quien empieza a enseñar y quiere saber en qué se está embarcando. Para quien lleva años en el aula y necesita reencontrar el sentido de lo que hace. Y para cualquier persona que haya tenido un maestro que dejó huella y quiera entender por qué.

Porque el oficio de maestro nunca consistió únicamente en enseñar. Consistió, sobre todo, en acompañar.

No voy a escribirlo aquí porque es un texto muy largo, así que compartiré el documento que he preparado.

Espero que os guste leerlo y podáis compartir en los comentarios vuestras impresiones.

Gracias por adelantado.

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 (para libro electrónico)

domingo, 20 de septiembre de 2020

Hace 10 años ya.

Ya han pasado 10 años desde que la parca te arrancó de este mundo de la manera más cruel e inesperada. Dicen que el tiempo sana las heridas y es verdad. La ausencia física de las personas que amamos deviene en presencia resucitada cuando en el recuerdo -que es volver a pasar por el corazón- prevalecen los momentos más gloriosos de la persona amada, aquellos que nos arrancan una sonrisa o una lágrima de emoción.
Por eso hoy es un buen día para recordarte y sentir que sigues entre nosotros, en la herencia más pura que nos dejaste a lo largo de tu vida: tu alegría, tu generosidad, tu camaradería... y, sobre todo, tu hijo.

martes, 5 de julio de 2016

Granada: encuentros y reencuentros.

Acaba de finalizar un nuevo curso escolar, el trigésimo séptimo desde que comencé a bregar por las aulas del colegio de Escolapios de Granada allá por el año 1979, al que he regresado después de trabajar los últimos dieciséis años en el colegio escolapio de Montequinto (Sevilla).

Ha sido un curso cargado de muchos sentimientos y recuerdos. No ha sido fácil dejar Montequinto, sobre todo, por la cantidad de gente buena que me ha acompañado durante todos estos años atrás: compañeros de trabajo, amigos, vecinos, alumnos, familias... Todos ellos ocupan un lugar especial en mi corazón y en mi recuerdo.

Pero hay que mirar hacia adelante y la llegada a Granada ha sido un reto que hemos afrontado juntos mi familia y yo. Desde el primer momento nos hemos sentido acompañados, protegidos y atendidos hasta el más mínimo detalle. Muchas gracias a todos.

El lema de este año en el colegio ha sido "Al encuentro" y en eso puedo resumir lo ocurrido durante estos meses de curso escolar: encuentros y reencuentros. Ha sido muy grato redescubrir un colegio totalmente renovado, el colegio donde estudié, donde comencé a ser educador y maestro, el colegio donde viví y donde nació y se desarrolló mi vocación. Aunque no he dejado de sentirme extraño pues han cambiado mucho las circunstancias desde que estuve aquí en anteriores etapas: ahora soy maestro de los hijos de "los chavales" que tuve en mis clases y en los grupos de pastoral. Algunos de ellos son ahora "mis jefes"; donde ejercí responsabilidades ahora soy "uno más"; la que fue mi casa ahora es solo mi lugar de trabajo. En fin, muchos cambios para asumir.

Cada día, al pasear por los pasillos y entrar en las aulas, me han inundado los recuerdos, me ha invadido la nostalgia como si de un intento de unir pasado y presente se tratara. Pero cuando tomo distancia para racionalizar un poco esos sentimientos me doy cuenta de que lo que soy ahora es fruto de todos esos años pasados, de todas esas personas que pasaron por mi vida, cada día, cada curso escolar, en cada destino y ciudad. Y me siento muy afortunado por haber vivido tanto y con tantos. La vida me ha forzado a cambiar de rumbo muchas veces, a empezar de nuevo, a confrontarme con nuevas situaciones y a encontrarme con gente nueva. Esto me ha hecho fuerte, me ha dado perspectiva, me ha ayudado a saber mirar hacia adelante, a no refugiarme en el pasado; pero también me ha enseñado que del pasado no hay que renegar, que solo asumiendo el pasado como parte de tu ser y no como una quimera se puede crecer y madurar, sin traicionar tu historia porque esa historia soy yo.

Y todavía me quedan muchos reencuentros. Hay tanta gente a la que quiero saludar, abrazar, sentarme con ellos para recordar, para saber cómo los ha tratado la vida, si son felices... Pero, si Dios quiere, todo irá llegando.

Ahora, cuando disfruto de las vacaciones recién estrenadas, solo me sale del corazón dar gracias a Dios porque me sigue llevando en brazos, con un cariño incondicional, que no sabe de historias pasadas ni presentes, que es todo gratuidad. Y rezo para contagiarme de ese amor desde el que he intentado y sigo torpemente vivir y darme.

¡Gracias!