Una fe que se va haciendo más sencilla
Con el paso de los años, tengo la sensación de que mi fe se va haciendo cada vez más sencilla. No porque hayan desaparecido mis preguntas, mis dudas o mis dificultades, ni porque crea haber encontrado respuestas para todo. Más bien porque voy descubriendo que lo verdaderamente esencial de mi experiencia creyente puede expresarse en muy pocas palabras: Dios es Amor, y Jesucristo nos ha revelado cómo es ese Amor.
Cada vez estoy más convencido de que Jesús no vino principalmente a ofrecernos explicaciones sobre Dios, sino a mostrarnos su rostro a través de su propia humanidad. Su manera de mirar a las personas, de escucharlas, de acogerlas, de perdonarlas, de conmoverse ante el sufrimiento y de devolver la dignidad a quienes la habían perdido es la mejor revelación de quién es Dios.
Por eso, cada vez creo con más firmeza que cuanto más auténticamente humanos nos hacemos, cuanto más crecemos en nuestra capacidad de amar, más nos parecemos al Dios que Jesús nos ha revelado y más profundamente participamos de su vida.
La santidad, desde esta perspectiva, no consistiría en alejarnos de nuestra condición humana para acercarnos a Dios, sino en vivir nuestra humanidad con la plenitud con que la vivió Jesús.
Me parece especialmente iluminadora aquella afirmación de la primera carta de Juan: «Dios es amor» (1 Jn 4,8). No dice simplemente que Dios nos ama, sino que el amor constituye su misma identidad.
Si esto es así, la experiencia de Dios no puede quedar reducida a los momentos de oración, a las celebraciones o a las prácticas religiosas. Todo ello tiene sentido y sigue siendo importante para mí, pero creo que el lugar privilegiado donde podemos experimentar y hacer presente a Dios es el amor concreto a las personas.
Una vida marcada por el servicio
Si miro hacia atrás, descubro que hay un hilo conductor que ha dado continuidad a las distintas etapas de mi vida: el servicio gratuito a los demás.
Lo aprendí de mis padres, cuyo testimonio dejó en mí una huella profunda. Y desde que entré en el noviciado, con dieciocho años, la misión, la entrega y el servicio han sido referencias fundamentales de mi manera de entender la vida.
Así lo viví durante mis años de sacerdocio y así he procurado seguir viviéndolo después, en mi vida laical, familiar, educativa y comunitaria.
Nunca he sentido que fueran vocaciones completamente desconectadas. En todas ellas he intentado responder a una misma llamada.
Servir a Dios ha significado para mí buscar caminos para que las personas que han formado y forman parte de mi vida puedan descubrirlo y encontrar en Él un camino de felicidad.
He querido que mi vida, con todas sus limitaciones, pudiera ayudar a otros a sentirse queridos, valorados, acompañados y capaces de descubrir la belleza y el sentido de su propia existencia.
Y, con el paso de los años, voy comprendiendo que no siempre es necesario hablar explícitamente de Dios para hacer presente su amor.
A veces, la mejor manera de anunciarlo es escuchar a alguien que necesita ser escuchado, acompañar una dificultad, compartir una alegría, ofrecer una oportunidad o simplemente estar ahí.
Jesús dijo: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10,10).
Quizá servir a Dios sea, en buena medida, contribuir a que las personas tengan más vida, más esperanza, más dignidad y más posibilidades de ser felices.
Un Dios que nos ama gratuitamente
Mi oración personal, la lectura de la Palabra, los encuentros con las personas y las experiencias que la vida me ha ido regalando han contribuido a transformar y purificar mi imagen de Dios.
También las experiencias dolorosas: la muerte de personas queridas, la enfermedad, las pérdidas y las situaciones ante las que no encontramos respuestas.
Y, por supuesto, las experiencias gozosas: los encuentros, las alegrías familiares, los logros personales y, de manera muy especial, los éxitos y la felicidad de los demás.
En todas estas experiencias he ido descubriendo a un Dios que nos ama por lo que somos, no por nuestros méritos. Esta convicción se ha convertido en una de las certezas más profundas de mi fe. No tengo que ganarme el amor de Dios. No necesito acumular buenas obras para merecerlo. No tengo que demostrarle constantemente que soy digno de Él. Su amor me precede.
Cuando Pablo escribe que Dios es fiel y nos ha llamado a vivir en comunión con Jesucristo (1 Cor 1,9), encuentro una afirmación que me resulta cada vez más significativa: la iniciativa es de Dios.
Él nos llama a la comunión antes de que nosotros hayamos hecho nada para merecerla.
Y si Dios me ama gratuitamente, también yo estoy llamado a aprender a amar sin convertir los méritos, las virtudes o las creencias de los demás en condición para mi amor.
Esto no siempre resulta fácil.
Amar a quienes nos quieren, a quienes piensan como nosotros o a quienes agradecen lo que hacemos puede resultar relativamente sencillo. El Evangelio nos invita a ir mucho más lejos: a reconocer la dignidad de cada persona, también cuando nos incomoda, nos decepciona o nos resulta difícil comprenderla. Quizá ahí se juega una parte muy importante de nuestra comunión con Dios.
Encontrar a Dios en la vida
Durante mi vida he valorado la oración, la lectura de la Palabra y la celebración comunitaria de la fe. Siguen siendo espacios importantes de encuentro con Dios.
Pero cada vez siento menos necesidad de buscarlo lejos de la vida cotidiana. Lo descubro en las personas, en sus historias, en sus alegrías y sufrimientos, en las relaciones que nos construyen y en los gestos de amor que tantas veces pasan inadvertidos.
Tal vez por eso nunca me he sentido especialmente cercano al culto a las imágenes religiosas. Respeto profundamente esa forma de expresar la fe, que ayuda a tantas personas, pero no ha sido un camino particularmente significativo para mí. Me resulta más natural reconocer el rostro de Dios en los rostros humanos.
Recuerdo las palabras de Jesús a la samaritana, cuando anuncia que los verdaderos adoradores adorarán al Padre «en espíritu y verdad» (Jn 4,23). Y recuerdo, sobre todo, la escena del juicio de las naciones en Mateo 25, cuando Jesús se identifica con quienes tienen hambre, sed, están enfermos, son extranjeros o necesitan ser acogidos. «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40). Me impresiona pensar que Jesús haya querido vincular de una manera tan profunda el encuentro con Él y el encuentro con las personas más vulnerables.
No creo que esto haga innecesaria la oración. Al contrario, me ayuda a comprenderla mejor. Orar es también aprender a mirar la vida con los ojos de Jesús, reconocer el amor que recibimos, agradecerlo y dejarnos transformar por él.
Y cuando la vida se vuelve dolorosa, quizá encontrar a Dios no consista en descubrir una explicación para el sufrimiento, sino en reconocer que el amor puede seguir estando presente incluso en medio de aquello que no comprendemos.
Abrir la puerta
El texto del Apocalipsis que nos propone el cuaderno de formación me resulta especialmente sugerente:
«Estoy a la puerta y llamo. Si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo» (Ap 3,20).
Me gusta la imagen de un Dios que llama y espera, que no se impone y que desea compartir nuestra mesa. Pero también me hace preguntarme qué puertas necesito abrir yo. Quizá algunas tengan que ver con las imágenes de Dios que todavía conservo, con mis seguridades, con mis resistencias a cambiar o con mi dificultad para amar de una manera verdaderamente gratuita. Sin embargo, al reflexionar sobre esta pregunta, he descubierto algo que me interpela especialmente en este momento de mi vida. Y tiene que ver con una de mis mayores dificultades.
Aprender a dejarme amar
Durante tantos años me ha movido el deseo de servir, de entregarme, de estar disponible para los demás, que he terminado reconociendo una carencia importante: no siempre he sabido cuidarme como era necesario.
Me ha resultado mucho más fácil dar que recibir. Más fácil servir que dejarme servir. Más fácil atender las necesidades de los demás que reconocer las mías. Y creo que este es uno de los aspectos de mi vida en los que más necesito crecer.
Hay una cierta paradoja en todo esto. Por una parte, estoy profundamente convencido de que Dios nos ama gratuitamente, por lo que somos y no por nuestros méritos. Pero, por otra, muchas veces he vivido como si mi propia vida tuviera que justificarse a través de lo que hago, de mi disponibilidad o de mi capacidad para responder a las necesidades de los demás. Como si descansar, reconocer mis límites o dejar que otros se ocuparan de mí fuera menos valioso que seguir sirviendo. Y quizá no he terminado de aplicar a mi propia vida aquello que tanto he intentado transmitir a los demás: que somos valiosos y dignos de amor sencillamente porque somos personas amadas por Dios.
En este punto me resulta especialmente iluminadora la escena del lavatorio de los pies (Jn 13,1-15).
Pedro se resiste a que Jesús le lave los pies. Le cuesta aceptar que su Maestro se arrodille ante él para servirlo. Y Jesús le responde: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo» (Jn 13,8).
Es una respuesta que me hace pensar. Pedro tiene que aprender que seguir a Jesús no consiste solamente en estar dispuesto a servirlo, sino también en aceptar ser servido por Él. Para vivir la comunión tiene que dejarse amar. Quizá esa sea una de las puertas que yo necesito abrir en este momento. Después de tantos años intentando lavar los pies a los demás, tengo que aprender también a dejar que otros laven los míos.
No para abandonar el servicio, que sigue siendo una dimensión esencial de mi vida, sino para vivirlo con mayor libertad, con mayor equilibrio y, posiblemente, con una comprensión más profunda de la gratuidad del amor. Porque también yo necesito ser cuidado. También yo tengo límites. También yo necesito descansar, recibir ayuda, dejarme acompañar y aceptar que no siempre tengo que estar disponible. Y reconocer todo esto no significa querer menos a los demás.
Quizá signifique empezar a quererme también a mí mismo como Dios me quiere.
La comunión que nos hace hermanos
Esta reflexión me ayuda también a comprender de una manera nueva el lema de este curso: «Somos uno».
El cuaderno de formación distingue tres dimensiones: comunión con Dios, comunión con los hermanos y comunión y misión. Pero cada vez veo con mayor claridad que no son tres realidades separadas.
Nuestra comunión con Dios se expresa en el amor a los hermanos. La comunión fraterna nos permite experimentar el amor de Dios. Y una comunidad que vive auténticamente ese amor ya está anunciando la Buena Noticia. Sin embargo, ahora descubro otro aspecto de la comunión fraterna. Una comunidad no es solamente un grupo de personas dispuestas a ayudarse mutuamente.
Es también un espacio donde cada uno puede reconocer sus límites, expresar sus necesidades, dejarse acompañar y experimentar que es querido sin tener que demostrar nada. Una comunidad en la que nadie necesita ser imprescindible para sentirse valioso. Una comunidad en la que podemos compartir nuestras fortalezas, pero también nuestras fragilidades. Una comunidad en la que cuidar y dejarse cuidar son dos expresiones igualmente importantes del amor.
Quizá uno de los mejores testimonios que podemos ofrecer no sea el de una comunidad de personas fuertes, generosas y siempre disponibles, sino el de unos hermanos que se quieren de verdad, se necesitan, se perdonan, se sostienen y caminan juntos.
También desde su fragilidad.
Mi compromiso para este curso
El cuaderno nos invita a preguntarnos cómo podemos priorizar nuestra relación con Dios y qué avances concretos queremos plantearnos.
Después de esta reflexión, creo que mi compromiso no debería consistir en multiplicar actividades, asumir nuevas responsabilidades o añadir obligaciones a mi vida espiritual.
Mi deseo es seguir profundizando en lo esencial.
- Quiero cuidar la oración y la escucha de la Palabra como espacios donde reconocer y agradecer el amor de Dios.
- Quiero seguir encontrándolo en las personas y en las experiencias cotidianas, especialmente en quienes necesitan cercanía, comprensión y acompañamiento.
- Quiero continuar sirviendo gratuitamente, porque forma parte de mi identidad y de mi manera de ser feliz.
Pero quiero aprender a hacerlo de otra manera.
Necesito reconocer mis límites, cuidar mi salud, descansar sin sentirme culpable y aceptar que no todas las necesidades de los demás tienen que encontrar necesariamente una respuesta en mí. Quiero aprender a recibir ayuda con agradecimiento y a dejarme cuidar sin sentir que por ello valgo menos. Y quiero seguir descubriendo que mi relación con Dios no depende de todo lo que soy capaz de hacer por Él o por los demás.
Antes de cualquier misión, antes de cualquier servicio, antes de cualquier mérito, está su amor.
En el bautismo de Jesús, antes de que comience su actividad pública, se escucha aquella voz: «Tú eres mi Hijo amado» (Mc 1,11). Antes de la misión está el amor. Antes de lo que hacemos está lo que somos. Y quizá esta sea una de las lecciones que todavía tengo que aprender con mayor profundidad.
Para terminar
Cuando miro mi vida, siento un agradecimiento enorme por tantas personas que me han acompañado y por tantas oportunidades que he tenido de servir, aprender, amar y dejarme transformar.
Reconozco mis errores, mis limitaciones y las ocasiones en las que no he sabido vivir de acuerdo con aquello en lo que creo. Pero también descubro una continuidad profunda en mi camino: el deseo de que las personas que han pasado por mi vida pudieran encontrar en ella algo del amor de Dios.
En esta nueva etapa de mi vida, quisiera seguir caminando en esa dirección, pero con una conciencia más clara de que yo también soy destinatario de ese amor.
No tengo que ganármelo. No tengo que justificarlo. No tengo que demostrar constantemente que lo merezco. Solo necesito aprender a acogerlo y permitir que siga transformando mi vida.
Quizá la comunión con Dios consista precisamente en eso: en reconocer que somos amados gratuitamente y en dejar que ese amor nos haga cada vez más humanos, más libres y más capaces de amar.
Y quizá, después de tantos años intentando aprender a servir, mi camino espiritual me esté invitando ahora a descubrir una dimensión que había descuidado:
Aprender a dejarme amar con la misma generosidad con la que he intentado amar a los demás.
Oración final
Señor Jesús:
Durante tantos años he querido seguirte sirviendo a los demás.
Te doy gracias por las personas que me enseñaron a amar, por quienes han compartido mi camino y por tantas oportunidades de hacer presente tu amor.
Gracias por las alegrías y también por los momentos difíciles en los que he podido descubrirte de otra manera.
Hoy quiero pedirte algo sencillo.
Enséñame a seguir amando sin olvidar que también necesito ser amado.
Enséñame a servir sin sentirme imprescindible, a reconocer mis límites sin culpabilidad y a descansar sin pensar que estoy dejando de responder a tu llamada.
Ayúdame a comprender que no me quieres por lo que hago, sino por lo que soy.
Que mi oración me ayude a reconocerte en la vida.
Que mi comunidad sea un lugar donde pueda cuidar y dejarme cuidar.
Y que, al seguir haciéndome más humano, pueda parecerme cada día un poco más a ti.
Amén.


