miércoles, 27 de abril de 2011

Si hay silencio no quiero ser yo quien lo provoque


Una amiga -de las pocas personas que se acercan a este blog- me pregunta mucho por qué no escribo nada últimamente. Siempre le contesto que cada cosa tiene su momento y que ahora estoy en tiempo de barbecho. Pero la verdad es que me siento cada vez más un bicho raro, a quien la gente -incluso la más cercana- rehuye con amables silencios. Percibo con tristeza que no es bienvenida la crítica, la sana dialéctica de la que tanto se aprende, sobre todo, cuando lo que se debate es la propia vida, la propia experiencia.

Se nos llena la boca -y a mí el primero- de elocuentes palabras, de hermosas teorías, de grandes deseos, que nos satisfacen al instante pero que como vienen se van. Mientras tanto, la vida, nuestra vida sigue el mismo ritmo rutinario, cansado e inapetente de la vida de otros. Cerramos un tema y abrimos otro.

Ya no sé si es miedo, o vergüenza, o desinterés, o apatía. No lo sé, porque nadie me lo dice. Y yo me voy contagiando de lo mismo (¿quid pro quo?). Con el tiempo he ido arriesgando cada vez más en la comunicación, abriendo mi corazón hasta límites extremos porque he tenido interlocutores que se han interesado en mi vida como yo en la de ellos. Y así hemos crecido y compartido mucho. Ahora estoy abatido, cansado, dolido.

Por esto no quiero escribir, no quiero lanzar palabras al viento, no quiero opinar. Si hay silencio no quiero ser yo quien lo provoque.

Mientras tanto, en el silencio, busco la forma de cambiar la situación. No soy de los que esperan a que las cosas se le den hechas. Pero no quiero herir a nadie, no quiero ser entrometido.

Por eso espero una señal.

domingo, 31 de octubre de 2010

Una comunidad vive cuando vive Jesús, convence y llena cuando es de Jesús.

Ayer, en la comunidad cristiana, tuvimos una bonita celebración del día del Señor. No estaban ninguno de los sacerdotes habituales y aún así decidimos todos de mutuo acuerdo celebrar juntos la fe en comunidad. Como cada sábado hubo mucha participación: en el comentario de la Palabra, en las peticiones, las canciones y la acción de gracias. Un hermano de los mayores dio gracias a Dios porque, con cura o sin él, la comunidad podía compartir la fe y celebrar el día del Señor.

En su signo de madurez cristiana descubrir que la Comunidad tiene el derecho y la posibilidad de celebrar que Jesús vive y se hace presente, resucitado, cada vez que dos o más se reúnen en su nombre.

La pena de todo esto es que, sin cura, la celebración dominical tenga que ser una eucaristía descafeinada. Es la comunidad la que celebra la eucaristía pero la organización eclesial le ha secuestrado este derecho y la ha hecho dependiente de un ministerio en cuya elección no le permite participar.

El clericallismo, más presente a veces en los laicos que en los mismos sacerdotes, es una excrecencia del carisma de comunión y de animación, que deforma incluso ese mismo carisma(*). Superar el dualismo clérigos-laicos y vivir plenamente la ministerialidad de la iglesia es un horizonte que desearía poder vislumbrar, pero mucho me temo que seguirá siendo un sueño inalcanzable.

(*) PATXI-LOIDI CONSTRUIR LA COMUNIDAD Cuadernos FE Y JUSTICIA 10 Ediciones EGA. Bilbao-1987

martes, 21 de septiembre de 2010

48 inviernos y una eterna primavera

Naciste en pleno invierno, en la mejor noche del año, y así quedó reflejado en tu nombre. Y viviste muchas primaveras, bonitas, hermosas, llenas de luz. Y tanto te empapaste de ellas que por donde ibas dejabas un rastro de buen humor y de alegría.

Pero sin darte cuenta te hibernaste, tu vida se quedó estancada en el frío y gris invierno. Te quedaste solo. En el invierno no florece el amor, se hielan los sentimientos, nada crece. Es como si sólo existiera tu vida pasada; y es lógico. Querías salir del crudo invierno y volver a vivir la primavera, pero sólo la buscabas en tus recuerdos y no te diste cuenta de que las primaveras tienen que ser siempre nuevas, renovadas, limpias.

Y el frío invernal cada vez hacía más mella en ti. Te devoraba a dentelladas crueles. Te quedaron pocos amigos y tu familia. Pero también tuviste manadas de lobos girando a tu alrededor, amenazándote, exprimiendo lo poco de vida que te quedaba.

Y así, solo y deshecho, harto ya de tanto hibernar, te marchaste para vivir en paz, en la eterna primavera, libre por fin de un cuerpo que te martirizó hasta el extremo.

El día de tu marcha reuniste a mucha gente: tu familia a quien tanto querías y a algunos amigos que se enteraron de tu partida; también acudieron algunos de esos que decían quererte pero que no te soportaban. Y también tu hijo. Con él diste el último paseo; él te llevó en sus brazos, estremecido, abrazándote fuerte, como hiciste tú con él los primeros años de su vida; y dolorido te dejó partir, sin querer hacerlo, pero obligado por la vida, una vida que a partir de ahora tendrá que enfrentar con libertad y fortaleza. Él defenderá como nadie la memoria de su padre de maledicencias y manipulaciones. Te disfrutó poco pero, por cómo te abrazaba, sé que te quería mucho y sabía que él había sido tu gran amor. En un momento comprendió lo que en todos los años anteriores le provocó tantos sentimientos contradictorios.

48 inviernos han sido pocos, hermano. Te recordaremos siempre en tus mejores primaveras. Y así lo harán quienes te quisieron de verdad. Los lobos siguen tu rastro, hambrientos de carroña. No te preocupes, tu familia cuidará de tu recuerdo y de tus cosas.

Y ahora, descansa, vive en paz, en los brazos del Amor que nunca falla.