Una amiga -de las pocas personas que se acercan a este blog- me pregunta mucho por qué no escribo nada últimamente. Siempre le contesto que cada cosa tiene su momento y que ahora estoy en tiempo de barbecho. Pero la verdad es que me siento cada vez más un bicho raro, a quien la gente -incluso la más cercana- rehuye con amables silencios. Percibo con tristeza que no es bienvenida la crítica, la sana dialéctica de la que tanto se aprende, sobre todo, cuando lo que se debate es la propia vida, la propia experiencia. Se nos llena la boca -y a mí el primero- de elocuentes palabras, de hermosas teorías, de grandes deseos, que nos satisfacen al instante pero que como vienen se van. Mientras tanto, la vida, nuestra vida sigue el mismo ritmo rutinario, cansado e inapetente de la vida de otros. Cerramos un tema y abrimos otro.
Ya no sé si es miedo, o vergüenza, o desinterés, o apatía. No lo sé, porque nadie me lo dice. Y yo me voy contagiando de lo mismo (¿quid pro quo?). Con el tiempo he ido arriesgando cada vez más en la comunicación, abriendo mi corazón hasta límites extremos porque he tenido interlocutores que se han interesado en mi vida como yo en la de ellos. Y así hemos crecido y compartido mucho. Ahora estoy abatido, cansado, dolido.
Por esto no quiero escribir, no quiero lanzar palabras al viento, no quiero opinar. Si hay silencio no quiero ser yo quien lo provoque.
Mientras tanto, en el silencio, busco la forma de cambiar la situación. No soy de los que esperan a que las cosas se le den hechas. Pero no quiero herir a nadie, no quiero ser entrometido.
Por eso espero una señal.

