domingo, 15 de junio de 2014

Con la ley también llevamos razón: Canon 1.335

La imposición del celibato obligatorio como condición para acceder al ministerio sacerdotal está dejando de ser tabú entre los cristianos, sobre todo después de que el papa Francisco dijera hace poco que es un tema sobre el que se puede hablar y discutir. Es enorme la desinformación que los cristianos tenemos sobre este tema (y sobre otros muchos) y el interés de las autoridades eclesiales para que sigamos desinformados; de mantenernos en el convencimiento de que el presbítero que se casa deja de ser cura, se le prohíbe ejercer el ministerio, etc.

Por eso, desde esta humilde tribuna intento, de vez en cuando, aportar mi granito de arena para paliar esa desinformación y contribuir a que los cristianos de a pie tengamos nuestros propios criterios en base a una información auténtica y no manipulada de nuestras propias leyes, en concreto el Derecho Canónico.

En esta línea, he encontrado un interesante artículo en la revista del movimiento Tiempo de Hablar, Tiempo de Actuar  (del movimiento MOCEOP (Movimiento pro celibato opcional) que aporta luz sobre la interpretación del artículo 1.335, que es el que habla del tema que nos ocupa. Os invito a leerlo, no es difícil y despeja muchos mitos sobre el tema de los curas casados. Después... podrás opinar libremente pero con conocimiento de causa.

Aquí os dejo con la transcripción del artículo completo.

CON LA LEY TAMBIÉN LLEVAMOS RAZÓN: CANON 1.335


Hablar de cánones en nuestro medio parece algo peregrino y fuera de lugar. Quien más quien menos se sonroja de recurrir al Código para apoyar unos derechos, pero... ¿no son los cánones quienes -en definitiva- están conservando una legislación?
Y para colmo, resulta que esa legislación está diciendo otra cosa. Hablemos, pues, sin pudor y exijamos -DIFUNDIENDO- lo que dice la propia Ley eclesiástica en vigor.

En Alemania, los diálogos con la Jerarquía se han centrado últimamente en la aplicación del canon 1.335 del C.I.C. (1.983), que abre las puertas para que los files soliciten el apoyo de los sacerdotes casados en los ministerios.
Literalmente el c.1335 dice:

"Si censura vetet celebrare sacramenta vel sacramentalia vel ponere actum regiminis, vetitum suspenditur, quoties id necesarium sit ad consulendum fidelibus, in mortis periculo constitutis; quod si censura latae sententiae non sit declarata, vetitum praeterea suspenditur, quoties fidelis petit sacramentum vel sacramentale vel actum regiminis; id autem petere ex qualibet iusta cusa licet."

La traducción que del citado canon hacen los profesores de la Facultad de Derecho de la Universidad Pontificia de Salamanca y de la Universidad de Navarra, revisada por la Junta de Asuntos Jurídicos de la Conferencia Episcopal Española, dice así:

Si la censura prohíbe celebrar los sacramentos o sacramentales, o realizar actos de régimen, la prohibición queda suspendida cuantas veces sea necesario para atender a los fieles en peligro de muerte; y si la censura latae sententiae no ha sido declarada, se suspende también la prohibición cuantas veces un fiel pide un sacramento o sacramental o un acto de régimen; y es lícito pedirlos por cualquier causa justa".

En las peticiones a la plenaria 81 se pidió que las frases 2 y 3 del citado canon se tachasen porque daban pie a que un sacerdote casado civilmente, en caso de pedírselo los fieles, podría ejercer funciones sacerdotales. El secretario contestó que ese problema hubiera tenido que surgir ya bajo el derecho válido y que tenía la misma normativa (véase Comm. XVI (1.994)).

El grupo alemán de sacerdotes casados, mientras elaboraba un cuestionario para un directorio, pidió al Cardenal Meisner, de Colonia, un dialogo sobre estos servicios a que hace referencia el citado c. 1.335.

Respondió por medio de su vicario general, Norbert Feldhoff, que: "El sacerdote suspendido puede prestar este servicio sacramental a petición de los fieles, pero no debe ofrecer el servicio por propia iniciativa" (Marzo, 1.996).

Este uso práctico del canon se viene usando en numerosos países. Así, el Corpus Service Directory de EE.UU. ha presentado una lista de 800 sacerdotes casados que están dispuestos para la pastoral sacramental.

El grupo austriaco comenzó la iniciativa llamada: "Sacerdotes sin comunidades para comunidades sin sacerdotes".

En Alemania, y varios otros países, sacerdotes casados prestan individualmente servicio a comunidades los domingos "a petición de los fieles". Los miembros más conservadores de la comunidad están contentos cuando saben que este servicio es legal de acuerdo al canon 1.335.

Los laicos parecen también volverse, en esta linea, más conscientes de sus derechos.

En Madrid también dos sacerdotes casados celebran la eucaristía dominical en parroquias en turno con otros sacerdotes de la parroquia.

Lo más interesante de esta revisión, o puesta en práctica del canon 1.335, es que es un canon desconocido por la inmensa mayoría de los curas célibes y de los fieles. Sería preciso iniciar una campaña de difusión del mismo y de evitar que la verdad sea secuestrada por la ignorancia.

Quizá los sacerdotes casados, hasta los más activos pastoralmente, desconozcan este canon o tengan cierto pudor de emplear argumentos canónicos para reivindicar sus derechos legítimos. Pero ¿no es una ley la que crea tanta discriminación e injusticia? ¿Por qué no emplear los propios argumentos jurídicos para contrarrestar los argumentos jurídicos?

Si es una puerta abierta, y legal, ¿por qué no entrar por ella y abrirla a quien quiera o tenga necesidad de usarla?

Habría, repito, que difundir este canon y exigir que sea explicado con toda limpieza y claridad. Muchos se sentirían liberados. ¿Saben nuestros obispos de la existencia de este canon en el vigente CIC o prefieren seguir en una ignorancia inquisidora, sintiéndose dueños y señores de lo que no es suyo?

Vamos a intentar situar este canon en el conjunto del CIC, en lo que se refiere a sacerdotes casados y a desbridar de adherencias pasadas lo que ya no existe actualmente (repito que ni a nivel de Código).

Algunos conceptos:

a) PERDIDA DEL OFICIO ECLESIÁSTICO (c. 184.1): "El oficio eclesiástico se pierde por trascurso del tiempo prefijado, por cumplimiento de la edad determinada en el derecho y por renuncia, traslado, remoción o privación".

b) REMOCIÓN (c. 194,1.3): "Queda de propio derecho removido del oficio eclesiástico: el clérigo que atente contraer matrimonio, aunque sea sólo civil"

c) PÉRDIDA DEL ESTADO ECLESIÁSTICO (c. 290-293). Estos cuatro cánones puntualizan los siguientes aspectos:

"Una vez recibida válidamente la ordenación sagrada, nunca se anula" (C. 290)

El Estrado clerical se puede perder, entre otras causas, por: "Rescripto de la Sede apostólica, que solamente se concede, por la Sede Apostólica, a los diáconos cuando existan causas graves; a los presbíteros, por causas gravísimas" C.190.3)

La dispensa del Celibato obligatorio "únicamente la concede el Romano Pontífice" (C. 291)

Se "prohíbe ejercer la potestad de orden, salvo lo establecido en el canon 976" (C.292). El canon 976 dice: "Todo sacerdotes, aún desprovisto de la facultad para confesar, absuelve válidamente a cualquier penitente que se encuentre en peligro de muerte; y absuelve lícitamente de toda censura y pecado, aunque se encuentre presente un sacerdote aprobado". 

"No puede ser adscrito de nuevo entre los clérigos, si no es por rescripto de la Sede apostólica" (C. 293). 

D) DE LAS SANCIONES EN LA IGLESIA (Libro VI del C.I.C., canon 1.311 y ss). Después de declarar el derecho de la Iglesia de establecer penas (c.1.311), se describen las características del derecho penal canónico y la finalidad de las sanciones (medicinales, expiatorias y remedios no propiamente penales. C. 1-312).

La clasificación de las penas las centra, pese a matizaciones posteriores (c. 1.315 - 1.330) en dos grandes grupos clásicos en derecho:(1.314)

FERENDAE SENTENTIAE: La impuesta por un procedimiento judicial o administrativo, que sólo obliga tras su pronunciamiento.
LATAE SENTENTIAE: la que tiene efecto ipso facto tras cometerse una acción expresamente señalada como tal por la ley o el precepto.

Esta distinción es importante, tanto en cuanto que el canon 1.335 -objeto de nuestro comentario- se considera una excepción a la norma general, pues "si la censura es Latae sententiae se suspende también la prohibición cuantas veces un fiel pide un sacramento o sacramental o un acto de régimen; y es licito pedirlos por cualquier causa justa" (C. 1.335)

e) LA PROHIBICIÓN NUNCA IMPLICA NULIDAD (C. 1.336,1.3)

f) NO PUEDE DARSE LA PRIVACIÓN DE LA POTESTAD DE ORDEN (C. 1.338,2) y en todo caso se sigue el criterio del c. 1.335 sobre censuras, según proclama el mismo Código (1.338.3) en razón del bien de los fieles.

g) Un caso concreto: EL QUE ATENTA CONTRAER MATRIMONIO, AUNQUE SOLO SEA CIVILMENTE (C. 1.394): "Incurre en suspensión latae sententiae... pudiendo llegar hasta "la expulsión del estado clerical". Y sólo ahí, como pena máxima imponible.

CONCLUSIÓN:

Dado que la salus animarum debe ser el principio de la ley canónica, es preciso apelar siempre -y difundir por todas partes- el canon 1.335.

Ya no se habla aquí sólo de actuar "in periculo mortis", sino que llega mucho más lejos en los casos de censura latae sententiae (vid. Más arriba) hasta suspender la prohibición cuantas veces un fiel lo pida. Y resaltamos el párrafo final: Y ES LICITO PEDIRLOS POR CUALQUIER CAUSA JUSTA"(C. 1.335).

¿Cuantos casos de "iusta causa" pueden presentarse? ¿Cuantas comunidades y personas están desatendidas por "causa non iusta" de la aplicación restrictiva y despótica de un código que no dice lo que dicen que dice?

¿Qué derecho debe ser el prevalente: el de las interpretaciones restrictivas de la Ley o el de los fieles a ser atendidos?

El derecho de las comunidades a celebrar la Eucaristía está recogido en el NT (Vid. Entre otros 1Tim. 3, 1-13). Al respecto dice E. Shchillebeeckx ("El ministerio eclesial" Ed. Cristiandad. Madrid. 1.983, pag. 75) que: "la iglesia oficial no puede derogar el derecho apostólico de las comunidades cristianas; ella misma está ligada a ese derecho Apostólico. Por eso, si en unas circunstancias históricas concretas existe el peligro de que una comunidad se quede sin ministros (sin sacerdotes), cosa que está ocurriendo actualmente de forma progresiva, aquellas exigencias de admisión al ministerio que no nazcan de su propia esencia y que sean en realidad una de las causas de esa escasez de sacerdotes deben ceder frente al derecho de las comunidades a tener dirigentes, un derecho que es primario y se funda en el Nuevo Testamento. Este derecho apostólico tiene la preferencia frente a un ordenamiento eclesial fáctico que pudo haber sido necesario en otras circunstancias".

Andrés García, Tiempo de hablar, tiempo de actuar, nº 68, 1997


domingo, 19 de mayo de 2013

Bienaventuranzas y lamentos para tiempos difíciles

Hoy acudo a un libro que me regaló un amigo para buscar en él un poco de iluminación y también de consuelo. Me detengo en unas páginas que me cuestionan especialmente y que elijo para rezarlas en presencia del Dios Padre del Amor y de la Misericordia.
Es Pentecostés y pido al Espíritu Santo que a mí y a mis cercanos nos inunde con los dones del amor y de la misericordia. Nos hace mucha falta. Sin estos dones es imposible que construyamos la Iglesia, la fraternidad de hermanos que da testimonio de Jesús resucitado, vencedor del pecado y de la muerte.


¡FELICES LOS QUE ESCUCHAN LA PALABRA
Y SE ESFUERZAN EN CUMPLIRLA,
PORQUE SU VIDA SERÁ COMO UN TRIGAL DORADO!

Escuchar.
Palabra hermosa. Decisión de respeto. Señal de presencia fra-
ternal. Hacer caso del tú y del vosotros y del ellos y él. Poner
atentos los oídos y en sintonía el corazón. Elevar antenas y abrir
canales.
Porque, entre todas las voces, acaso se esté oyendo la de él.
El, que es Palabra viva, eficaz y consolante.
¡Felices los que escuchan la Palabra!
Lo dijo Jesús en ocasión solemne. Y existe la palabra ade-
cuada para identificarlos. Es una palabra histórica y vieja de
otros tiempos, llena de evocaciones de justicia: «oidores». Oido-
res de los hombres; oídos y ojos abiertos a todo mensaje y a
todo grito. Escuchas vigilantes. Porque no es fácil oír, no...
Hemos cantado alguna vez que «su palabra es murmullo y no
oímos». No oímos tantas veces
porque hace falta paciencia, dejar que el ruido pase y
encerrarse en rincones de intimidad;
porque hay que imponer silencio dentro de uno mismo,
hacer callar los diarios instintos, encadenar el mal que
en uno nace;
porque hay que saber ponerse al lado, conectar, enchu-
far... dejar establecido el contacto con el mundo en
torno;
porque es aceptar, en principio; es hacer pacto de tole-
rancia y apertura
con ideas nuevas
con personas nuevas
con técnicas nuevas
con un mundo diverso.
Por eso, felices. Por desprendidos, por abiertos, por gente
con disponibilidad para escuchar la palabra que se lee como carta
de un amigo en la vieja biblia de cabecera; la que se repite en
el quehacer de cada jornada reflejando las señales de los tiempos
y las pistas por donde anda Dios y viene acercándose el futuro;
esa palabra que vive y se renueva vigorosamente en el encuentro
con el Señor Jesús.
¡Felices los que saben escuchar,
los que llegan a oír,
los que aguardan...!
Y felices especialmente si se ponen a cumplirla, en actitud
de eficacia y compromiso
aunque sea bajo el acoso de los diarios desfallecimientos;
aunque sea con la conciencia de infinitas limitaciones;
aunque su esfuerzo no sirva siempre de faro visto y en-
tendido;
aunque se pueda convertir en reproche permanente del
ideal no logrado.
A pesar de todo,
¡felices si lo intentan!
Felices todos los que no se cansan de empezar de nuevo;
los que eligen camino en cada amanecer; los que siembran la
palabra diariamente para que dé el ciento por uno.
Porque entonces su vida será como un trigal dorado, aunque
ellos no se enteren nunca. Y hasta las aves comerán en su cam-
po. Y su existencia habrá estado alimentando ideales y esperan-
zas. Y dará fruto abundante.
Pero hay que esforzarse:
prepararse en cada hora para escuchar también a los hom-
bres, incluso cuando su intemperancia duele y su albo-
roto en torno aturde a los oídos propios;
multiplicar los contactos, para no escuchar siempre en la
misma onda y el mismo canal, lo que estrecha la con-
ciencia y limita comprensiones;
estar dispuestos a servir de bálsamo, cuando debes con-
vertirte en lago remansado a donde acuden los veci-
nos no a pedir consejos, no a ayudarte. Simplemente
a que alguien les escuche.
Hay que esforzarse.
Buscar la verdad es tarea de mañana y noche, de atardecer
y mediodía. Y no sabemos en qué momento una partecita nos
llegará. Pero nunca de regalo, sino como resultado
de un esfuerzo,
de un largo silencio
de una espera reflexiva.

pero…
¡AY DE VOSOTROS, LOS QUE MANIPULÁIS
Y CONGELÁIS HASTA EL EVANGELIO,
PORQUE SE OS CONGELARÁ EL CORAZÓN
Y SERÁN VUESTRAS MANOS PARALÍTICAS!



¡Cuidado!
Hay que estar vigilantes. Que es más cómodo darse de una
vez por enterados. Creer que ya hemos llegado a «la» verdad
y contentarnos con la verdad «nuestra»; una especie de evan-
gelio para andar por casa cuyas certezas suenan bien a los pro-
pios instintos y a la pereza permanente.
¡Cuidado!
Es la hora de la manipulación y del engaño más o menos
encubiertos. La hora de las transacciones y compraventas inten-
tadas hasta en lo más sagrado. Con mayor o menor
consciencia.
Y, ¡ay de los que aceptan la situación conscientemente!
porque si congelan el evangelio se les congelará a ellos
el alma;
porque si lo manipulan queda embarrado en el propio
inevitable lodo;
porque la verdad se irá deformando en su interior; y la
deformación se trasluce y provoca el escándalo;
porque manipular es oficio diabólico: dar por verdad la
mentira y la mentira por verdad;
porque suele ser movida por el egoísmo;
porque se congela igualmente la búsqueda de la verdad.
No se la deja florecer. Y se va a más: se la enmudece,
se la mata, se la amordaza, se la sepulta;
porque es hacer inútil el evangelio; pretender dominarlo
y oprimirlo.
El resultado es triste.
Se les va a congelar el corazón tarde o temprano; y más tem-
prano que tarde. Viene a ser gente que de verdad no compadece,
incluso cuando llora; que no se conmueve ante la injusticia, aun-
que hace gestos y dice palabritas; que hace oídos sordos ante
la necesidad de cada día. Corazón congelado. Capaces de pagar
a sicarios disfrazados para que hagan en su nombre el mal que
por cobardía no se atreven a hacer directamente.
Corazón congelado.
Y manos paralíticas. Inertes para la acción que en teoría se
aceptaba. Manos
que convierten la palabra viva en voz muerta y sin sig-
nificado;
que vuelven ambigua la verdad clara porque sus acciones
también lo son;
que dicen «sí» y «ahora», pero ni van ni actúan;
que se vuelven incapaces para el saludo.
Y para la comunicación.
Incluso para pedir.
Y, sobre todo, para dar.
Y para darse.


Bienaventuranzas y lamentos para tiempos difíciles. Alonso Alonso, Antonio. Edics. Sígueme, Salamanca 1986, pp. 135-144

viernes, 29 de marzo de 2013

Pascua para cambiar, para ser mejores.

Desde ayer el Twitter está que arde, plagado de mensajes de alegría por la celebración de las muchas pascuas juveniles que tienen lugar en las diferentes partes del mundo. Son como eslóganes publicitarios que invitan a vivir estos días pascuales con especial intensidad y que actualizan el mensaje evangélico a categorías más actuales y personales: ¿Qué es para mí el Jueves Santo?, ¿Qué significa que Jesús murió por mis pecados? y cientos de pensamientos semejantes. Me encantaría que en todas las iglesias y comunidades cristianas se celebraran estos días con la misma intensidad, creatividad y actualidad con que se llevan a cabo en las pascuas juveniles.

Pero no sé, y esto lo refiero más al mundo adulto que al juvenil, si se nos escapa el mensaje nuclear de estos días que no es otro que el mensaje fundamental y principal del Evangelio de Jesús: el amor fraterno, vivido por el maestro y llevado a su máxima realización en el martirio de la cruz. Y digo esto porque cada año, al finalizar la Pascua, de regreso al trabajo cotidiano, las relaciones entre las personas que conforman nuestro entorno no cambian, no se han transformado ni siquiera mínimamente: seguimos siendo amigos de los de siempre, excluímos de nuestro entorno a los de siempre, mantenemos el rencor disfrazado de impotencia y siempre por culpa del otro. Seguimos siendo los mismos, con las mismas pobrezas, con los mismos pecados, con los mismos prejuicios, cerrados a cualquier novedad que pueda cambiar nuestro estatus, nuestro tranquilo modus vivendi, que con tanta dificultad hemos logrado. Si alguien tienen que cambiar, que sean los otros.

Qué lejos se queda el testimonio de Jesús. Qué poco o nada nos ha inflamado el corazón la celebración del Jueves Santo -día del amor fraterno-; que poco de nosotros mismos hemos dejado en la cruz de Jesús -la cruz que libera, que redime-. ¿Podremos decir en la Noche Santa que somos hombres y mujeres nuevos, que hemos resucitado con Jesús a una vida nueva? ¿Podríamos concretar esta "liberación" en algunas acciones o intenciones reales, que nos hablen a nosotros, y sobretodo a los demás, de cambio, de vida nueva, de perdón, de rectificación?

No quiero rendirme, no quiero ser pesimista, quiero seguir creyendo en la fuerza del amor de Dios que todo lo hace nuevo. Anhelo con toda mi alma que la cincuentena pascual esté repleta de encuentros gozosos, de abrazos de perdón, de gestos de complicidad con quienes compartes la fuerza de Cristo resucitado.

El papa Francisco, por si el ejemplo de Jesús nos viene grande, nos está regalando muchos gestos que hablan por sí mismos del Amor Fraterno, traducido en perdón, servicio, solidaridad, sencillez, humildad... Si él, siendo uno como nosotros, lo puede hacer, ¿por qué no lo podemos hacer nosotros?

Los mensajes publicitarios incitan a comprar, a renovar lo que ya tenemos. Su incidencia en nuestra vida es bastante notable. Nos creemos los que dicen y hacemos lo que nos piden. ¿Tan mala es la "publicidad" del evangelio, de los cristianos, que se queda en el mensaje y poco o nada produce?

Decía que no quería caer en el pesimismo y no dejo de hacerlo. Por eso termino esta reflexión deseando que el amor de Dios llene nuestros corazones y nos haga valientes para dar el primer paso, humildes para reconocer que algo tenemos que cambiar y sencillos para no anhelar nada más que la vida fraterna.